Trastos, calamidades, cachivaches y palabrería

L´espai desert

lunes, enero 22, 2007

El robo de Ravel




Bo Derek en “10, la mujer perfecta” ayudó a popularizar esta obra que es la composición francesa que más derechos de autor ha recaudado de toda la historia. Cada año genera unos dos millones de euros, una fortuna que se reparten, a través de una enigmática empresa con sede en el paraíso fiscal de las Islas Vírgenes, entre la hija de una enfermera y un anciano ex directivo de SACEM, la SGAE francesa. Ninguno de los dos se apellida Ravel.

No hay más café

Lunes, hora de la siesta. Me aferró a un café hirviendo y lo cojo con las manos como una pócima milagrosa y tibia. Me tomo el café como si fuera un cuenco prehistórico, lo empuño, lo aprisiono, lo atrapo como un avaro que quisiera no dejarle escapar, me calienta las manos y se convierte en algo palpitante con vida propia. un brebaje mágico que me ayuda a desaparecer, prestidigitador de lunes pongo un pañuelo encima del café y desaparezco con él. Como los ilusionistas de cabaret me pierdo en las teclas para decir sentenciosas verdades que nada tienen de verdades ni de sentenciosas. Hay días en que el ilusionista no está en forma, se encuentra opaco, se queda en el sitio y deja pasar la luz del mundo por la pantalla de una forma indolente y apática. Me aferro al café como balsa de salvamento y dejo pasar la prosa, modulación que toma el lenguaje al pasar desde el café a mis manos, como la curva que adopta el agua en una jarra, voy echando borrones. El caso es que no estoy trasparente y debería optar por irme de compras u hacer recados, pero escribir sin trasparencia no es escribir. Empeñarse en describir el mundo cuando es el mundo el que se describe solo es un suicidio. El mundo se describe solo, no hay más que ver funcionar los teletipos, los fax de ahora. No hay más que pasar de vez en cuando y arrancar la hoja. Así que estoy aquí entretenido en una labor inútil con el café en las manos y ya no queda café, no hay más café. Me voy de compras.

viernes, enero 19, 2007

Zarpazos a la vida

El abuelo entre las flores, que sensación más absurda, el ascensor, la gente, las flores en el pecho. Hay que ir deprisa, pasear las flores por los pasillos deprisa, no deben notar esta lasitud, este bajar la guardia y entretanto el ascensor inundado de ternura y señores con bigote.

Mira que hay gente distinta subiendo en un ascensor; la señora con el pañuelo en la cabeza me mira de arriba abajo y yo intentando disimular me cubro la cara con las margaritas, todos pendientes del numerito que va cambiando según vamos subiendo y suena un tilín, es la planta once, que habrá en la planta once que se bajan todos, menos un señor bajito con peluca presumo, este quiere llegar al cielo y espera como yo a que se habrán las puertas más arriba. Somos animas paseantes con flores en las manos, padres clonados, tíos clonados, abuelos clonados, competición floral, jardín de impávidos con la frente alta, orgullosos floristas que se cruzan en los pasillos hasta llegar a la habitación ciento dieciocho.

La noche anterior había que pensárselo mucho para nacer, siempre hay que pensárselo mucho para nacer. Y le han puesto unos calcetines en las manos para que no se arañe. Ya da zarpazos a la vida, envites, desafíos, manotazos al aire. El niño nace de un sueño y tarda en despertar y con el tiempo ese sueño se hace más corto, noches en vela, dormimos menos con la edad, somos insomnes como sí al sueño al que volvemos tuviésemos que llegar muy despiertos, lucidos . Que pereza despertar a las innumerables decepciones. Pasillos, cafetería, ascensores, tabaco, el periódico que descansa en una silla en la sala de espera. La calle, los coches, el volante, el autobús, la cartera, el teléfono, la prisa, el parking; donde habré dejado el ticket del parking. Y vuelta al hogar, la penumbra, el niño en los brazos, la cabeza en el pecho, bulto de olor, peso sin peso, manos de pétalo, contorno de calor. Un día al azar me pusieron al niño en los brazos: ¿Quieres cogerle?, No, déjale dormir, y suena un teléfono y había que dejar algo en los brazos de alguien, el teléfono o el niño y optaron por el niño, sencillos actos encadenados por una lógica inmediata de lo elemental. Ea, mi niño ea. Duérmete niño ea. Eaminiñoea. El niño se mueve lentamente, habla con frases de pájaro, se entreduerme, los ojos cerrados, cerrar los ojos, dormir, dulce terquedad. Obstinación, testarudez, cuerda a la que asirse. Y me doy cuenta que mi cuerda última es la tristeza, mi metal más secreto, mi bordón. Que simbiosis extraña esta de ir vagando por los pasillos con la alegría en las manos y la tristeza en el rictus. Nacer, y el mundo para mí empezaba en consistir en tristeza, tristeza de todo, tristeza de nada, la pura pena de no saber por qué, como dijo el otro. Nacer es siempre una alegría, pero, ¿para quién?. Me siento como una de esas madres de familia numerosa que pone a sus hijos en fila y por tamaños para que no se pierdan en la excursión, para que no se extravíen, y siempre alguien se extravía, se termina extraviando. Las esquinas solas, la prosa de la vida, el mascaron gastado de la ciudad sigue navegando las aguas de un tiempo que se asemeja a otro más lejano y que vuelve a mí en forma de recuerdo y todos han vivido ya mi vida antes que yo y yo estoy viviendo otras vidas ya usadas y con frecuencia pierdo la imagen de mi mismo. La tristeza lleva a la perdida de la imagen y la perdida de la imagen lleva al suicidio. Pero, tranquilidad; nada grave. Me veo entrampado en mis desvaríos y relaciono lucidez con nacimiento y tristeza con ingenio. Como diría alguien que yo me sé, te estás haciendo mayor y yo que lo sé de buena tinta presiento que la orgía se ha acabado. Vivo los despojos del carnaval y el aire se me llena de voces quejumbrosas que lloran de añoranza y de resaca. Voy por los pasillos con las flores en las manos, exhibiendo el jubilo, el escaparate de una alegría prestada y momentánea. El hoy tiene ya su edad dorada, a la que mirar con jubilo triste de los jubilados, que es como siempre se miran los paraísos perdidos. Debería estar alegre y lo estoy con el niño en los brazos.

Ea mi niño ea, y te acuno en mis brazos y me das la medida de mi alegría y veo desequilibrar mi balanza, el ronroneo oscuro de mis recuerdos abultados en este día y el oleaje se va haciendo más lento. Yo tuve a mi hijo en brazos como ahora tengo al hijo de mi hijo y todo se me va borrando, se va quedando lejos. ¿Se pude estar triste y alegre a la vez?.

jueves, enero 18, 2007

Cartas sin sellos


he encontrado algo por ahí bastante curioso, ahora que ya está en desuso eso de mandarse cartas resulta que esta web, pese al colosal avance del correo electrónico, aboga para que las cartas tradicionales estén aún muy lejos de extinguirse. Cartas sin sellos es un buen ejemplo. Aquí se almacenan más de 5000 cartas enviadas por los visitantes, agrupadas en varios temas: cartas imposibles, cartas abiertas, cartas definitivas, cartas literarias, cartas invitadas y postales. Dar un paseo por esta web es leer interesantes reflexiones, desahogos, cartas poéticas, auténticos cantos a la vida y al desamor. Desde otro punto de vista también se puede aprender trucos de escritura y diversas formas de enfocar un tema que tienes que enfocar en una carta. Su mejor característica es la gran calidad de algunos escritos, y el gran número de aportaciones en todas las secciones. Que lo disfrutéis.

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